La primera noche que escuché el susurro pensé que era el viento.
Vivía solo. Departamento 304. Tercer piso. Nadie arriba. Nadie abajo.
El sonido vino a las 3:17 a.m.
—No mires debajo de la cama…
Desperté sobresaltado. Miré el reloj del celular iluminando la oscuridad. Silencio absoluto.
Me reí. Estrés. Trabajo. Mucho café.
Volví a dormir.
La segunda noche ocurrió lo mismo.
3:17 a.m.
—No mires debajo de la cama…
Esta vez fue más claro. Más cerca. Como si alguien estuviera acostado en el suelo, susurrando hacia arriba.
Encendí la luz. Revisé el closet. El baño. La cocina. Nada.
Me arrodillé junto a la cama.
Y recordé la advertencia.
No mires debajo de la cama.
Me incorporé de inmediato. Cerré la luz. Intenté ignorarlo.
La tercera noche no hubo susurro.
Hubo un golpe.
Algo chocó contra la madera desde abajo.
Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que sentía que vibraba en el colchón.
Silencio.
Luego… respiración.
Lenta. Profunda.
Debajo.
—No mires debajo de la cama… —dijo la voz, ahora quebrada, como si suplicara.
Y entonces entendí algo.
La voz no venía de abajo.
Venía de arriba.
Desde mi propia garganta.
Mis labios se movían solos.
Mis manos se deslizaron por el borde del colchón.
No quería hacerlo.
Pero mi cuerpo sí.
Bajé la cabeza lentamente.
Oscuridad total.
Pero había algo ahí.
Algo que respiraba.
Y entonces lo vi.
Un rostro idéntico al mío.
Sonriendo.
Sus ojos completamente negros.
—Gracias por mirar —susurró.
Sentí un tirón brutal.
Caí.
El golpe contra el suelo fue seco.
Pero no estaba en mi habitación.
Estaba debajo.
En un espacio estrecho.
Frío.
Podía ver hacia arriba… a través de la madera.
Y sobre la cama…
Había alguien acostado.
Alguien que ahora tenía mi rostro.
Miró el reloj.
3:17 a.m.
Y sonrió.
Entonces escuché mi propia voz, desde arriba:
—No mires debajo de la cama…