A Valentina le encantaban los directos nocturnos.
Historias de terror.
Luces apagadas.
Chat encendido.
Esa noche decidió explorar una aplicación antigua que, según sus seguidores, estaba “maldita”. Era una red social olvidada donde solo aparecían transmisiones sin nombre.
Entró en vivo a las 3:03 a.m.
—“Si algo raro pasa, ustedes son testigos”, dijo sonriendo.
La pantalla mostró decenas de perfiles sin foto conectándose.
Sin nombres.
Solo números.
El chat comenzó a moverse.
Pero había algo extraño.
Todos los mensajes eran iguales.
“Ya te vimos.”
Valentina rió nerviosa.
—“¿Quién me vio?”
Entonces notó algo peor.
En su transmisión apareció un comentario fijado arriba.
Ella no lo había fijado.
El mensaje decía:
“No mires detrás del espejo.”
Valentina giró la cabeza lentamente.
Detrás de ella solo estaba el espejo de su habitación.
Oscuro.
Reflejando su espalda.
El chat explotó.
“SE MOVIÓ.”
“NO ESTÁS SOLA.”
“APAGA TODO.”
—“Dejen de trolear”, susurró.
Se acercó al espejo.
En el reflejo… algo no coincidía.
Su sonrisa tardó medio segundo en copiarse.
Su respiración no sincronizaba.
Y entonces el reflejo levantó la mano.
Pero Valentina no.
La pantalla del directo se congeló por un instante.
Cuando volvió…
En el espejo, la figura ya no la imitaba.
La estaba mirando.
Sonriendo demasiado abierto.
El chat se detuvo.
Un único mensaje apareció fijado:
“Cambio realizado.”
La luz del cuarto parpadeó.
Valentina sintió un mareo.
La transmisión continuó.
Pero algo era diferente.
La chica frente a la cámara seguía hablando.
Sonriendo.
Agradeciendo donaciones.
Pero ahora…
Parpadeaba demasiado lento.
Y nunca, nunca miraba el espejo.
Porque en el espejo…
Ya no había nadie.
Desde esa noche, sus seguidores dicen que algo cambió.
A veces, en mitad del directo, la imagen se distorsiona.
Y por un segundo…
Se ve un cuarto oscuro.
Un espejo.
Y alguien golpeando desde dentro.