Nadie en el pueblo cruzaba el viejo puente después de la medianoche. No era una regla escrita, ni una orden del alcalde… era algo peor: una costumbre nacida del miedo.
Todo comenzó con Mateo, el hijo del panadero.
Una noche de luna llena, el muchacho regresaba tarde a casa cuando escuchó un sonido que lo hizo detenerse.
Un llanto.
No era un llanto normal. Era profundo… desgarrado… como si alguien estuviera llorando desde el fondo del agua.
—¿Hola? —preguntó, mirando hacia el río oscuro.
El llanto se detuvo.
Silencio absoluto.
Mateo pensó que lo había imaginado, hasta que escuchó un susurro justo detrás de él:
—¿Has visto a mis hijos…?
Se giró de golpe.
No había nadie.
Pero el aire estaba helado… y el agua del río comenzaba a moverse sin viento.
Entonces la vio.
Una mujer emergía lentamente del agua. Su vestido blanco estaba empapado y cubierto de lodo. El cabello le tapaba el rostro, y sus brazos colgaban de forma antinatural.
Mateo intentó correr, pero sus pies no respondían.
—Ayúdame… —dijo ella, levantando el rostro.
Sus ojos no tenían pupilas.
Solo un vacío blanco.
El llanto volvió, ahora ensordecedor, como si miles de voces lloraran a la vez.
El agua empezó a subir por el puente.
Subió hasta los tobillos de Mateo.
Hasta sus rodillas.
Hasta su pecho.
Y entonces la mujer extendió la mano.
—Ahora… tú también me ayudarás a buscarlos.
El grito de Mateo fue lo último que se escuchó esa noche.
A la mañana siguiente, el puente estaba seco.
No había señales de agua.
No había huellas.
Solo algo que nadie pudo explicar.
Sobre la baranda del puente, marcadas con barro húmedo, había pequeñas manos… como de niños.
Desde entonces, cada vez que alguien se acerca al río después de medianoche, se escucha el mismo llanto.
Pero ahora dicen que no es solo una mujer.
Dicen que también se escuchan voces infantiles…
…llamando a su madre.