En la ciudad, todos conocían la Ruta 13.
No por su recorrido.
Sino por lo que pasaba después de medianoche.
Los conductores siempre repetían la misma advertencia:
“Si alguien sube en la última parada… no le hables.”
Nadie sabía por qué.
Hasta que a Diego le tocó manejar ese turno.
Era su primera semana como chofer nocturno. No creía en historias urbanas, ni en fantasmas, ni en supersticiones de conductores viejos.
A las 2:17 AM, llegó a la última parada.
Una calle desierta.
Un poste parpadeando.
Y una figura esperando.
Era un hombre muy alto, vestido completamente de negro. No se le veía el rostro, porque llevaba un sombrero antiguo.
Subió sin decir palabra.
Pagó con monedas viejas… demasiado viejas.
Diego sintió un escalofrío.
Pero arrancó.
Miró por el retrovisor.
El pasajero estaba sentado al fondo.
Inmóvil.
No respiraba.
No se movía.
Solo miraba hacia adelante.
Después de unos minutos, Diego escuchó un sonido.
Como uñas raspando metal.
Se giró ligeramente.
El hombre ahora estaba sentado dos filas más adelante.
Diego no lo había visto moverse.
El sonido volvió.
Ras… ras… ras…
Otra vez miró.
Ahora estaba detrás de él.
En el espejo, Diego vio su rostro por primera vez.
No tenía ojos.
Solo cavidades negras… profundas… como túneles.
Y entonces habló.
Su voz sonaba como muchas voces superpuestas:
—Te saltaste mi parada… hace muchos años…
El autobús se apagó solo.
Las luces murieron.
Y Diego sintió una mano fría apoyarse en su hombro.
A la mañana siguiente, encontraron la Ruta 13 estacionada en medio de la avenida.
El motor estaba apagado.
Las puertas abiertas.
Pero no había rastro del conductor.
Solo encontraron algo extraño.
En todos los asientos… desde el fondo hasta el volante…
Había marcas profundas.
Como si alguien hubiera arrastrado las uñas por el metal durante todo el camino.
Desde entonces, los conductores nuevos reciben una advertencia adicional:
“Si un pasajero sube en la última parada…
no importa lo que pase…
no mires el espejo.”