Nadie vivía en la casa del final del pasaje.
En el sur, donde la lluvia cae casi todo el año y la neblina cubre los techos, había una casa que nadie quería mirar demasiado tiempo.
Decían que estaba abandonada.
Pero cada noche… se escuchaba respirar.
No era el viento.
No eran animales.
Era una respiración profunda… lenta… húmeda.
Camila tenía 16 años cuando decidió grabar un video para demostrar que todo era mentira.
—“Es solo madera vieja”, dijo a la cámara mientras cruzaba la reja oxidada.
La puerta estaba entreabierta.
Eso ya era extraño.
Empujó.
CRRRRACK.
Adentro olía a tierra mojada… y algo más.
Algo orgánico.
Como carne.
La linterna iluminó paredes hinchadas, como si la pintura estuviera inflada desde adentro.
Entonces lo escuchó.
Inhala.
Exhala.
La casa respiraba.
Las paredes se expandían suavemente… y luego se contraían.
Camila retrocedió.
—“¿Escucharon eso?” susurró a la cámara.
El suelo crujió bajo sus pies.
No… no crujió.
Palpitó.
Como un latido.
La puerta detrás de ella se cerró de golpe.
La respiración se aceleró.
Las paredes comenzaron a moverse con más fuerza, como si algo gigante estuviera atrapado dentro… o como si la casa misma estuviera viva.
Su celular cayó al suelo, pero siguió grabando.
En el video solo se ve oscuridad… y se oye a Camila gritar.
Luego… silencio.
A la mañana siguiente, la casa ya no estaba.
En su lugar solo había tierra removida.
Y algo más.
Un sonido leve.
Bajo la tierra.
Inhala.
Exhala.
Porque la casa nunca estuvo construida…
Estaba creciendo.
Y ahora…
Tiene más espacio.