En el sur de Chile, cerca de los bosques que rodean un pequeño pueblo olvidado por el tiempo, Tomás encontró un viejo celular enterrado bajo la tierra húmeda.
No tenía batería.
No tenía chip.
No tenía marca.
Pero cuando lo sostuvo en sus manos… se encendió.
En la pantalla solo había una aplicación abierta: Grabadora de Voz.
Un único archivo.
“NO LO ESCUCHES”
Tomás rió nervioso.
Pensó que era una broma. Tal vez de algún amigo.
Presionó reproducir.
Al principio, solo se oía viento… hojas moviéndose… pasos sobre tierra mojada.
Luego… su propia voz.
—“No debería haber venido solo…”
Tomás sintió que el estómago se le helaba.
Esa era su voz.
Con la misma chaqueta.
El mismo tono nervioso.
El audio continuó.
—“Si alguien encuentra esto… no confíes en el bosque…”
Se escuchó un crujido fuerte.
Respiración agitada.
—“Está detrás de mí.”
Tomás levantó la mirada lentamente.
El bosque estaba en silencio.
Demasiado silencio.
El audio terminó con un grito desgarrador… y algo arrastrándose sobre hojas secas.
El celular vibró.
Nuevo archivo recibido.
Fecha: Mañana.
Título: “CORRE”
Esta vez, el sonido no salió del teléfono.
Salió de detrás de él.
Un susurro.
—Corre.
Tomás no volteó.
Porque entendió algo aterrador…
El audio no era del pasado.
Era del futuro.
Y aún no había terminado de grabarse.