A las 3:33 a.m., el teléfono fijo de la casa comenzó a sonar.
Daniel se despertó confundido.
Nadie llamaba al teléfono fijo.
Ni siquiera lo usaban.
Sonó una vez.
Dos.
Tres.
Se levantó molesto y contestó.
—¿Aló?
Silencio.
Pero no era un silencio vacío.
Se escuchaba respiración.
Lenta.
Rasgando el auricular.
—¿Quién es?
La respiración se detuvo.
Luego… un susurro.
—No respondas.
La llamada se cortó.
Daniel miró la pantalla.
“Llamada entrante: DESCONOCIDO”.
Se rió nervioso y volvió a la cama.
Un minuto después…
El celular vibró.
Número desconocido.
Rechazó la llamada.
Volvió a vibrar.
Rechazó otra vez.
Entonces llegó un mensaje de voz.
Duración: 00:12 segundos.
Lo reprodujo.
Se escuchaba su propia voz.
Dormido.
Hablando desde su habitación.
—Ya contesté…
El audio terminó con un crujido.
Como si alguien estuviera sentado en su cama.
Daniel sintió que la sangre se le helaba.
Miró hacia la puerta de su cuarto.
Cerrada.
Miró debajo de la cama.
Oscuridad.
El teléfono fijo volvió a sonar.
Esta vez, no quería contestar.
Pero sonaba más fuerte.
Más cerca.
Como si estuviera dentro de la habitación.
Respondió con manos temblorosas.
—¿Qué quieres?
La voz susurró:
—Que no contestes… cuando yo llame.
La llamada terminó.
Silencio absoluto.
Daniel dejó el auricular lentamente.
Entonces escuchó algo detrás de él.
El sonido inconfundible de un teléfono fijo descolgándose.
Dentro de su propio cuarto.
Giró despacio.
En la esquina oscura, había otro teléfono.
Negro.
Antiguo.
Que no estaba ahí antes.
Y alguien ya lo había contestado.
Desde esa noche, cada vez que el teléfono suena a las 3:33 a.m., Daniel no responde.
Porque entendió algo peor que la muerte.
No es la llamada lo que importa.
Es quién contesta.