BRAINDEAD. TU MADRE SE HA COMIDO A MI PERRO.

Raúl Martínez, crítico de cine.

Los amantes del terror siempre hemos dicho que la sangre vende, y si ha gustado mucho una película, en parte, ha sido por eso mismo.

Si existe el ejemplo claro de una película que con el paso de los años se ha convertido en un film de culto,  si la sangre utilizada fue en tal cantidad, que podríamos calificarla como un “festín sangriento”, si hablar de terror no sería correcto, más si de miedo, aunque lo que se dice miedo no da, pero la diversión está garantizada; como en un parque de atracciones donde te puedes llevar a casa algún miembro amputado, metafóricamente hablando, eso sería “Braindead. Tu madre se ha comido a tu perro”. En 1992 se estrenaba esta primera gran obra del genio Peter Jackson, y aunque tenía títulos anteriores (uno de ellos “Mal gusto. Bad Taste” de 1987) que le sirvieron para pulir en su cabeza esta cinta.

Los litros de sangre (se estima que unos 30.000 litros) salpicaban un guion salpimentado de genialidad. Con un humor negrísimo y surrealista en el que cupo de todo: religión, fantasía, terror, relaciones de pareja, etc. .Un combinado perfecto donde la exageración de las muertes dan lugar a situaciones cutres, pero a la misma vez brillantes. Está claro que Jackson no temía a nada y se reía de todo. La historia trata de una expedición científica que encuentra en Skull Island un “Ratticus”, una especie de mono rata, al que capturan para su estudio. A pesar de estar aislado en un zoológico el animal consigue escapar mordiendo a la madre de Lionel, el protagonista. Comenzando así el principio del caos.

Cuando visioné por primera vez la película, gracias al título, me esperaba lo que ocurrió: pura diversión sangrienta. Y si lo acompañamos de unos amigos del instituto, pizzas y refrescos, esa tarde sería recordada por todos con gran satisfacción. Bestial, desternillante, apoteósica, todos los sustantivos son  pocos cuando te lo has pasado pipa. Al día siguiente no paramos de hablar de otra cosa: una película incríble.

Una cinta que llegó de Nueva Zelanda  y que costó 3 millones de dólares; parte del dinero conseguido fue gracias a lo recaudado en el anterior film “Meet the Feebles” (1989). Según su director “Braindead” recoge  la influencia que él tuvo de las obras de George A. Romero, Sam Raimi y Stuart Gordon. Todos recordaremos esta etapa como la más prolífica de este tipo de cine y que seguramente nunca volveremos a ver.

El título en España desde luego que prometía lo que ofrecía pero desde mi punto de vista si hubiera llegado con el mismo que en Latinoamérica, “Muertos de miedo”, la respuesta no hubiera sido igual.  Aquí un servidor siempre se ha dejado llevar por los carteles y los nombres llamativos.

Jackson, con posterioridad, siempre ha tenido en cuenta sus comienzos, homenajeando, a su manera sus títulos. Hoy día podemos decir que está en la cúspide de su carrera y nos ha recordado dónde empezó y lo orgulloso de haber rodado lo que quería. En la versión que dirigió sobre  “King Kong”, la isla es la misma del comienzo de “Braindead”. Otro guiño se produce cuando uno de los protagonistas entra en las bodegas del barco y en una de las jaulas para animales podemos leer “Sumatran Rat Monkey”. Como los grandes maestros se reserva algún cameo en sus films. En King Kong hace de explorador que busca al Simian Raticus. Al final muere mutilado.

Llegó a declarar que solo volvería a rodar gore siempre y cuando hubiera alguna otra película que superara a esta. Y cómo no, en algunos países fue censurada. En Estados Unidos se llegaron a cortar 20 minutos, en Alemania 10. Aquí tuvo la oportunidad de contratar actores profesionales, anteriormente fueron amigos y conocidos, llegando a destacar la gran Diana Peñalver, sevillana a la que este año 2020 he tenido cerca gracias al Festival de Cine Fantástico de Murcia.

Este cóctel de entretenimiento siempre es bueno disfrutarlo en compañía de los amantes del género por lo que si desean organizar alguna quedada, por favor, vívanla, acompañados de unas buenas palomitas y algunos amigos, para sentirse adolescentes de nuevo.

La noche de los muertos vivientes

Raúl Martínez, crítico de cine

Si hay algo que me ha dado respeto desde niño han sido los muertos y todo lo que los acompaña: cementerios, tanatorios, coches fúnebres, etc. George A. Romero y sus amigos lo tenían claro y reunieron sus ahorros para conseguir sacar adelante este proyecto que consistía en darle movilidad a los difuntos y que fueran caminando hacia nosotros lentamente. Una idea sencilla pero que creó el efecto que se consiguió  y nadie esperaba. Si le sumamos a todo ello que los propios muertos comieran carne para alimentarse el resultado es terrorífico.

Esta película consiguió que el día de todos los santos nos costara  más visitar los cementerios, y es inevitable que no acabaras imaginando a alguien saliendo de su tumba. Desde que descubrí este clásico, cuando visito a mis seres queridos, tengo un plan de fuga por si acaso se lía. Es decir, mentalmente, busco la salida más cercana. Parece una locura pero es así. Desde que vi La noche de los muertos vivientes (1968) a los 15 años y hasta el  día de hoy lo sigo haciendo. Y si viera a alguien acercarse a mí para preguntarme algo al atardecer en un sitio de estos mantendría mis distancias.

Tengo claro que ver pelis de terror también es una experiencia. La noche de su visionado era Halloween, un compañero y yo abandonamos una fiesta para ir a verla ya que la daban en televisión. Terminamos maravillados, pero para un servidor la noche todavía no se había terminado, quedaba el regreso a casa. Un hogar dulce hogar cuya ubicación se encontraba fuera del pueblo en medio del campo, siempre había sido así, pero especialmente esa noche se me hizo muy cuesta arriba. Como cualquier adolescente de la época tenía un ciclomotor heredado de  hermanos mayores, alumbraba lo justo. Pues bien, ese trayecto de 7 minutos fue, hasta hoy, uno de los trayectos más largo de mi vida.  Adentrarse en la oscuridad solo con la luz tenue del vehículo fue toda una experiencia terrorífica. Lo que han cambiado las noches  a partir de ahí. Pero esa experiencia la recuerdo como algo alucinante, la vida cambia con el cine y si es de terror mola más.

No paraba de preguntarme cómo esa película en blanco y negro y de bajo presupuesto la tenía clavada en mi cabeza. Sería por las escenas de agobio que consigue captar, los primeros planos comiendo carne cruda y la niña ‘jalándose a su padre’ en el sentido literal. Fue el comienzo de la era Zombie (aunque el propio director nunca nombrara esa palabra). Es por eso que este film se merece toda mi admiración y respeto.

Una vez más el cine de terror no se vende a los grandes presupuestos. El terror auténtico es mejor cuando la historia es más simple. George A. Romero de ascendencia gallega, obtuvo parte de su presupuesto de unas tías afincadas en tierras de meigas. Concebida como una comedia en sus inicios, fue, con gran acierto, al final una de las operas primas de la cultura del cine de terror. Un fallo en el registro de los derechos de autor, ha hecho que este icono del cine esté libre y pueda ser utilizado en cualquier ciclo del tema sin tener que pagar absolutamente nada, una pena para sus productores y una enorme alegría para todos los que amamos el género.  

 

Al final de la escalera

por Raúl Martínez, crítico de cine. 

Aun recuerdo el anuncio de esta película en televisión; “un compositor que acaba de perder a su familia de manera trágica trata de superarlo marchándose a vivir a una casa apacible y solitaria. Sin embargo, al poco tiempo de instalarse empiezan a suceder cosas extrañas”.

Yo tenía 12 años y me ‘flipaba’ el terror, lo que no sabía era el efecto que iba a causarme aquella película después de su visionado. Digamos que vivimos en un mundo lleno de ruidos insignificantes, han estado, están y estarán siempre formando parte de nuestra vida cotidiana. No les prestamos atención porque, aunque los escuchemos, nos importa un carajo su procedencia. Pero ¿qué ocurrió después de ver Al final de la escalera? ¿Puede una historia de terror, sin grandes efectos especiales, solo con una casa y un viejo, cambiar tan radicalmente la manera de pensar o sentir, si estás solo en casa;  y sentirse observado continuamente por alguien que no está?

La respuesta es sí. Después de verla encontraba ‘mal rollo’ en cualquier ruido, era incapaz de ignorarlos, hasta le cogí miedo a una pelota de tenis, ¡maldita pelotita! Nunca una simple escena  de una pelota cayendo por una escalera me había dado tanto respeto. Vamos, que disfruté del miedo en estado puro, sin monstruos, ni muertos vivientes, sin sangre (ingredientes de este género que tengo debo reconocer: me encantan) con una atmósfera terrorífica.

Entre las escenas destacar la ya dicha de la pelota por las escaleras, la sesión de espiritismo y la de la silla de ruedas (me quito el sombrero en ésta). Escenas, para la grabación, sencillas, pero con unos resultados increíbles. Una banda sonora muy adecuada para lo que cuenta, sin sobresaltos, que te prepara el cuerpo y la mente. Sabes que te asustarás pero lo esperas y así disfrutas de ese momento con más intensidad. Y un guión con frases que te ponen los pelos de punta, como cuando la dueña de una casa da su autorización para hacer un pozo diciendo; “mi hija a soñado que un niño intentaba salir del suelo desesperado y no dejaba de mirarla”.

Un terror clásico que tanto cuesta hacer hoy día, película de culto que envejece bien con el paso del tiempo. Ninguna serie de zombies, ni monjas feas, ni virus que acaban con la población le harán sombra jamás.